-¿Estás preparado para el maquillaje? - preguntó Eva
Eric miró por encima del hombro, recostado en su cómoda silla reclinable con ruedas, un regalo de un admirador olvidado.
-Hoy no quiero maquillaje Eva. Estoy cansado. Cansado de poner cara amable a esas miradas ávidas de relatos. Harto de simular sonrisas forzadas, de pretender que todo va bien, de esconder frustraciones, de evitar juicios sumarísimos, de esquivar dardos indagantes en busca de respuestas. Estoy cansado de no poder exponer mi punto de vista, sino el impuesto por la norma, la ética y la moral. Harto de no poder decir lo que pienso, ser incapaz de mostrar la realidad que percibo... ¿por qué no puedo, Eva? ¿qué impide que lo haga? Hoy no voy a salir. Se terminaron los engaños, las máscaras y los juegos absurdos. Hoy voy a hacer las cosas como debía haber hecho hace mucho tiempo, a mi modo. No más pautas ajenas, no más pusilánimes directores de orquesta venidos a menos intentando controlar mi cadencia. Hoy, por fin, voy a ser yo...
Eric se recostó en su silla, exhausto tras la perorata. Cerró los ojos y dejó a Eva trabajar. Como ayer. Y antes de ayer. Y el anterior. Y, como siempre, abrió los ojos para darse cuenta que hacía rato que ya tendría que haberse levantado, descubriendo otro tiempo perdido en su desperdiciada vida.
Se levantó mientras se ponía la máscara y caminó con paso firme al escenario. Otro día más...